Elena

Cada noche Elena se prepara un té bien caliente, y casi ardiendo lo saborea lentamente frente a un libro, mientras su marido duerme, plácido, tranquilo, precioso. Hoy Elena está nerviosa, ni las especias relajantes que se evaporan entre sus ojos consiguen la tranquilidad de otras noches. Fuera se desata noviembre, con ganas de viento y agua, seco de esperar un año entero. Un pensamiento ronda sus entrañas y nota como se encogen sus pies en busca del nervio que se acomoda en su estómago. ¿Qué me pasa? se dice, estrujando la almohada contra sus ojos abiertos como ventanas al sol. Y sin previo aviso, una imagen, un destello, una cara desfigurada por el tiempo y el paso de otras vidas, una mano cálida, un amor de primera vez, de volcar besos sin límite, de bocas que se miran, de amor cuando se es casi niño. Y poco a poco Elena, con la boca abierta, observa la imagen que sobrevuela la cama y llena en un segundo cada rincón de la habitación, ya no hay nada más, ni siquiera ella, todo es esa imagen, y esa imagen es todo. Es él. Ese amor de mi vida, ese mi primer amor, ese mi amor imposible. Hace ya tantos años que su recuerdo no llega en plena oscuridad, que Elena se agarra fuerte a las mantas, con miedo a caer por el peso del tiempo sobre sus hombros. Y en un impulso, que desconoce porque no es suyo, a grandes zancadas salta de la cama y recorre el pasillo, sin pensar, sin saber que ese es el pasillo y esa es ella en plena noche buscando la luz chirriante del ordenador. Su cara se ilumina proyectado sombras sin dueño sobre sus ojos. Y como una pequeña y curiosa luciérnaga comienza a teclear. Su nombre aparece en el buscador. Buscar. El corazón de Elena se planta de un salto en medio del salón, y comienza a latir fuerte y triste y Elena lo mira incrédula, rota. Con el corazón fuera del cuerpo poco más se puede hacer. La pantalla muestra la esquela, su esquela, su nombre, la fecha, esa semana. Elena vacía sus ojos de lágrimas, caen por toda su cara, se las bebe, le mojan los pies fríos y le recorren el cuello, hasta el estómago, que ya no es nada, solo dolor. Elena apenas puede contener las imágenes de su cabeza. Besos, un pueblo, una niña, un chico guapísimo, un beso, una noche, un cielo de colores sobre sus jóvenes cabezas. Mientras, la habitación se llena de agua salada que brota de un pasado que se empeña en volver .Y Elena, conteniendo la pena que sale de su piel a borbotones, sale casi nadando del salón, seca sus manos temblorosas y se mete en la cama. Abraza a su marido debajo de las sabanas y susurra un te quiero en su oído.

La esquela sigue brillando a través de la pantalla, ajena a tanto desastre, y anunciando el día y hora del entierro, junto a los nombres de su esposa Maria, y su hija Elena

Mejor

Subiendo las escaleras tropiezo. Inútil y torpemente mi mano se dobla hacia el lado menos esperado y grita el dolor desde el fondo de algún hueso. Odio esta escalera vieja, que huele a invierno en plena primavera. Aun llora mi estúpida muñeca cuando abro la puerta y el suelo cruje bajo unos pies que no son míos, son los pies de la madera que flota. Me lavo la herida que no se ve, y el frío me reconforta, porque hoy el sol entra hasta el fondo. Hasta el fondo de la piel y de los ojos, haciendo honor a este sur desvencijado y caliente. Decido que es mejor dormir todo el día, porque me cansa tener que estar de pie, mantener toda la columna en perfecta línea, vértebra tras vértebra, una sobre otra, mecanizando el movimiento. Me agota. Y dormir es mejor, doblar los huesos, estirarlos, rodar. No quiero andar por piedras centenarias en las que se clavan mis tacones. Y hoy no tengo nada que hacer. No tener que hacer nada, es como no tener nada y eso es mejor que tener. Porque tener hace desear y el deseo me carcome, convirtiéndome en un trozo de viga en una habitación sin ventanas.  Y ahora duermo en una casa alta ,con sal debajo de las camas porque el azúcar la ponen las flores, llena de azules el techo y unas escaleras que saben a húmedo, y alguna noche a nada. Ya no se donde estoy cuando sudo sin sol, cuando despierto en mitad de los sueños que huyen y se esconden entre los pies. Pero no me importa no saber, eso ya hace mucho que dejó de importarme, porque al fin, esta es mi casa.

Un descubrimiento

Puede ser sin título

Ocurre que estoy sentada bajo un árbol,
a la orilla del río,
en una mañana soleada.
Es un suceso banal
que no pasará a la historia.
No son batallas ni pactos
cuyas causas se investigan,
ni ningún tiranicidio digno de ser recordado.

Y sin embargo estoy sentada junto al río, es un hecho.
Y puesto que estoy aquí,
tengo que haber venido de algún lado
y antes
haber estado en muchos otros sitios,
exactamente igual que los descubridores
antes de subir a cubierta.

El instante más fugaz también tiene su pasado,
su viernes antes del sábado,
su mayo antes de junio.
Y son tan reales sus horizontes
como los de los prismáticos de los estrategas.

El árbol es un álamo que hace mucho echó raíces.
El río es el Raba, que fluye desde hace siglos.
No fue ayer cuando el sendero
se formó entre los arbustos.
El viento, para disipar las nubes
antes tuvo que traerlas.

Y aunque no sucede nada en los alrededores,
el mundo no es más pobre en sus detalles,
ni está peor justificado ni menos definido
que en la época de las grandes migraciones.

No sólo a las conjuras acompaña el silencio.
Ni sólo a los monarcas un séquito de causas.
Y pueden ser redondos no sólo los aniversarios,
sino también las piedras solemnes de la orilla.

Complejo y denso es el bordado de las circunstancias.
Tejido de hormigas en la hierba.
Hierba cosida a la tierra.
Diseño de olas en el que se enhebra un tallo.

Por alguna causa yo estoy aquí y miro.
Sobre mi cabeza una mariposa blanca aletea en el aire
con unas alas que son solamente suyas,
y una sombra sobrevuela mis manos,
no otra, no la de cualquiera, sino su propia sombra.

Ante una visión así, siempre me abandona la certeza
de que lo importante
es más importante que lo insignificante.

Wisława Szymborska

( Gracias a Sergio he descubierto esta genio y no puedo parar de leerla)

Mi lluvia

Despacio, muy despacio tu pecho se eleva, suave, etéreo, apenas visible, pero rotundo, como si solo existiera para que pueda saber que aun respiras. Imperceptiblemente tus pestañas tiemblan, dulces, negras, muy solas, unas cerca de otras. Y tus ojos se mueven rápido, pidiendo auxilio bajo tus párpados aun rosados. Las manos cansadas, calientes, sobre la sábana blanca y sucia, se reparten la quietud mas extraña, apenas se distingue un breve latido en los ríos azules que recorren su dorso. Imagino acercar mi boca a tu sien, que es donde se esconden los sueños, tocar con la punta del labio tu pelo,  justo donde nace, detenerme entre tus pechos arropados, poder alcanzarte. Y me decido, no sin titubeos, y casi sin moverme, a acercarme. Saboreo, imaginando, tu calidez, que pronto será parte de mi, que casi puedo tocar. Pero cuando logro llegar a ti, cuando una molécula de mi piel se pone en contacto con la  tuya, te deshaces, te conviertes en un torrente de agua entre mis manos, en mis labios, que se cuela en mi nariz y no me deja respirar. Te esparces por la cama, encharcando el suelo, formando cascadas,  inundándolo todo. Y me detengo, aun sin aliento, a escucharte caer, suave sobre las piedras, sobre el cristal, sobre los árboles, deslizándote por las tejas de mi casa, clara y limpia, empapando las horas

Mariposas

Flores

 

  Como querer esperar y no tener a quien, como las palmas que dejas debajo del vuelo de una mosca, como la fruta que nunca llegamos a comer ,como aquellos días que aun recuerdas porque no hay mas remedio. Que le voy a hacer, asi es como estoy. Asi es como van pasando las cosas,sin pasar. Me lo dijo alguien un dia: lo peor del tiempo no es que pasa, lo peor es que no pasa en valde. Y yo no preste mucha atención, atento como estaba al circular de mi ombligo. Ahora resuena en mi cabeza el ahogado cosquilleo de aquellas palabras. Porque lo veo. Como va dejando su imperceptible y tremenda huella. El tiempo. Me hace muecas de burla o tristeza . Paralizado. Estoy sin estar. Como aplastar una flor en un paseo por la montaña. Casi invisible, pero destrozado.

Antes

Grita la cafetera debajo de la ventana. Se me llenan los ojos de vapor con olor a azúcar y tostadas. Te adivino a través de las gotas que corretean relajadas por el cristal. Caminas lento, tan lento que me cuesta saber si en realidad lo haces. El césped bajo tus pies se hunde suavemente como si no quisieras hacerle daño. Eres etérea. El bastón sujeta tanto peso que siento casi miedo, esas cosquillas extrañas que te suben por las piernas cuando ves mucha sangre. Si se quiebra, tú también lo harás. Recorres los alrededores con ojos de tiempo hasta donde alcanza tu vista. Noto como tragas saliva. Te invade esa ácida sensación otra vez. Eso que no sabes definir, pero que se define por sí mismo a través de los surcos de tu piel. Antes este asfalto era tierra, aquellas casas eran arboles. Nada es como antes. Sé que piensas eso porque yo también lo haría. Sé que te ves sola, sé que no ves a nadie porque crees que ya no te vemos. Tienes  la rodilla muy hinchada, apenas puedes andar, pero tomas impulso, y caminas hasta la ventana. Me ves. Te miro. Sonreímos, algo imperceptible. Se confunden los reflejos en el espejo. Me veo.

Fotos

Quédate así. Con esa sonrisa de mirar un helado detrás de un cristal e imaginarlo rozando tus labios. Quédate así. Quieto. Con los ojos llenos de mí. Con tu mano en mi cadera, rotunda, toda tuya. Quédate así, suspendido en ese haz de luz que el tiempo nos regaló.

Era un día de mucha lluvia, de grises oscuros sin matices. Encima de la mesa humeaban dos cafés al son de un disco que ni siquiera nos gustaba. Creo que era domingo. Creo que eran las siete de la tarde. O tal vez hiciera sol y fuera lunes, pero eso es lo de menos.  Te sentaste a mi lado agarrando mi cintura y, sin avisar, la cámara, extensión de tu brazo, soltó un ¡chas!

 Y yo me quedaré así, con la sonrisa ocupando cada esquina de la habitación y extendiéndose mas allá de la ventana, con los pies encogidos sobre un cojín raido, con tu mano en mi cadera, rotunda, toda tuya.

Buenos dias

El aire de la lluvia se colaba por los huecos de la persiana  entreabierta, como un niño que asoma la nariz dentro de un pastel de cumpleaños, curioso e impaciente. Ella  sintió como le acariciaba las pestañas, los pómulos, la punta de los labios, los brazos llenos de sol aun caliente, y como se columpiaba por su cuello y lamia sus pezones fríos y erizados.  Notó como se colaba en el hueco que formaban sus manos sobre la almohada y se reía cuando su piel se encogía. Hacía mucho que no dormía sola. Abrazó entre sus piernas la sabana revuelta y deslizó una mano entre sus muslos ahora llenos de aire, aire de lluvia. Balanceó  sus dedos a la sombra de la luz de las farolas alegres, esa luz que solo se deja  ver  en noches de verano y lluvia. Durmió suave, sin moverse, con la mano arropando su recién nacido placer. Fuera llovía, se evaporaba  el asfalto. Él llego tarde, ya de día y con el sabor del café  de los que desayunan sin dormir,  besó sus parpados amarrados aun al sueño. Entonces sonó el despertador.  Ella se estiro casi inconscientemente y le susurró: he soñado contigo toda la noche, dormida y despierta. Que descanses. Y de un saltito se puso en pie y se fue a desayunar.

Summertime

Debajo del agua el silencio te llena los oídos. Un latido constante de sol que sale de las sienes es lo único que hay ahí debajo. Flotando contigo, sola, sola, sola. Por fin. El dedo más largo del pie mas pequeño empuja el cuerpo que se eleva entre burbujas hacia la superficie. Ahhhhhhhh coges aire. Todo el de la calle.Y se inundan los pulmones y otra vez vuelves aquí. Al cielo de nubes viajeras y aire pálido, inexistente, invisible, como la alegría que se refleja en el agua azul verdoso. Al cantar de algún pájaro que no ha dormido, a un gato que ronronea bajo un árbol que se encoje. Ya estas aquí. Has llegado justo a tiempo. Ni antes ni después. Metes un hielo en un vaso, el vaso hacia tus labios, el hielo en la boca y el sol quemando un pecho. Estas en casa, y por hoy es suficiente.

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